domingo

"Mi Aleph". Escribe Facundo Segurola, especial para LA DORREGO

En este ejercicio de bicicleta en que se erige la escritura (de la cual las majaderías también forman parte y van con dedicatoria al señor del nombre adusto) uso y abuso de la misma para recuperar algunos días que tengo guardados y que descansan en el hospicio del tiempo.

Como si estuviera en el aleph de Borges, allí donde coexisten todos los lugares del mundo o bien todo el universo con todo lo que lo “contorniza”, o como aclara su autor “es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”, entonces me encuentro con una suerte de baúl, no sé si es real o bien imaginario, pero que contiene toda mi historia, mi génesis y mi presente, tiene algo de mi futuro, pero opto por obviar esa secuencia y consecuencia.

Entonces puedo verlo con claridad y describirlo: vetusto por el paso del tiempo, un tanto gris por la tierra que tiñe su estructura, y opto por abrirlo, un tanto con delicadeza, un poco con fuerza, y en un ejercicio de prestidigitación, logro voltear su tapa convexa.

Comienza la investigación, un tanto meticulosa, y un poco con ansias, allí observo una pseudo-pelota de trapo adornada por una media vieja que alguna vez supo calzarme, una mochila abierta de par en par, sin cierres, y con “cicatrices” por todos lados, que demuestran los agujeros que le dejó el antaño; un guardapolvo, que supo ser blanco, pero ahora como si fuera una policromía, varios colores tiñen su tela. Sigo “escarbando”, a la vista leo: Open doors, un libro de inglés que supe usar en 3er o 4to grado (después año) “Very good”, “Yes, i do”, “My name is…” repito, algunas palabras que me quedaron de la enseñanza inglesa.

Y llego a la superficie, allí percibo y recibo en manos propias un cuaderno, que más que de tapa dura parece un manuscrito, propio de tiempos arcaicos.

Lo abro y comienzo a hojearlo, parecería que el paso de las fechas puso las cosas en su lugar, casi con elegancia veo clasificadas las páginas, una a una con el año y el día al cual datan, modestia aparte todas propias de mi autoría, pero que a un costado y al margen, hay un firma estipulada, propia de fiscalizador de tareas, que no me corresponde.

En él veo dibujos, carátulas que supo diseñar mi madre para adornar la llegada a cada mes, pequeñas oraciones que con el paso de los “grados” devienen en historias, guías de trabajo, o en el dialecto protocolar y escolar “propuestas de trabajo nº…”; las batallas con los números que alguna que otra derrota me han provocado, las sumas, las restas, las famosas tablas, y luego los problemas con los problemas de multiplicar y dividir; mis primeras comunicaciones por arribar tarde al aula, la citación a reunión de padres para solicitar el retiro del boletín, y demás.

En “mi Aleph”, veo desfilar como en una “pasarela” personas vestidas del color de la luna que adorna su uniforme, un bolso en una mano, y algunos libros en la otra, todas como en una pirámide jerárquica se deben a su respectivo grado. Veo sus rostros con nitidez, algunos imponen respeto, la trato de “usted” por las dudas, otros rostros, con una efigie amistosa que despierta confianza entre mis secuaces, a ellas las “tuteamos” pero sin excedernos.

Todas repiten mi nombre cada día para saber si estoy.

Todas cumplen con su ciencia de aprender a enseñarnos, de educarnos, de intelectualizarnos, de “vestirnos” de la desnudez que representa la ignorancia.

Todas juegan al rol de “segunda madre” en esa familia que alguna vez fueron mis compañeros, y que habitábamos el mismo hogar, que fue la escuela.

Todas ellas tienen su día anual de descanso un 11 de septiembre, vaya paradoja coincidente y por obra del descanso (pero eterno) de Sarmiento, el prócer que las apadrina.

Todas me enseñaron lo que escribí al comienzo, y seguramente lo que siga escribiendo por muchos años más.

Todas estas personas a las que hice alusión tienen el calificativo de “maestro”, denotación que tan bien les sienta, y que como alumno y aprendiz que he sido, a ellas les lego mi genuflexión. ¡Feliz Día! se dice, para ser diplomático.

En mi Aleph, esas imágenes del pasado que se hicieron presente en este escrito seguramente se prolonguen en el futuro, en mí futuro. Porque en mi Aleph, nada se olvida, todo fluye con el tiempo, todo queda.

Dedicado a mis maestros:

-Silvia Sola (Jardín)

-María Elena Berenguer (1er año)

-Miriam Civardi (2do año)

-María Rosa Larsen (3er año)

-“Betty” Lozano (4to año)

-Adriana Errasti (5to año)

-Norma Volpe (6to año)

-Nancy Rodríguez (Inglés)

Y una especial mención para mí maestra, “amiga”, respetada y querida Cristina Vidaurreta (7mo año), a quien le regalo unas líneas de un poema del poeta Almafuerte, que alguna vez supe hacérselo llegar, pero que ahora lo hago público:

“Obrera sublime,

bendita señora:

la tarde ha llegado

también para vos.

¡La tarde que dice:

descanso!...la hora

de dar a los niños

el último adiós.

Más no desespere

la santa maestra:

no todo en el mundo

del todo se va;

usted será siempre

la brújula nuestra,

¡la sola querida

segunda Mamá!...

(Adiós a la Maestra)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Facundo. Es hermoso ver que hay personas como vos que tienen el don de poder expresar TANTO con la palabra. Tus pensamientos son una caricia para el alma. Me siento orgullosa del alumno que tuve. Te quiero mucho y te deseo lo mejor. Un beso grande de "tu seño Cris"

Anónimo dijo...

hola facundo ,aunque no te conozco leo todo lo que escribis. me gusta mucho.y me haces recordar a mis hijos que tambien se fueron a un lugar desconocido. cariños.